En buenas manos
- Emilio Martinez Pedraza

- 10 feb
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 24 ago
Trabajar en control de calidad suele ser un trabajo poco entendido. Para algunos es dinero fácil por poco esfuerzo, para otros es un gratificante proceso de atención a detalle. Y ambos tienen un poco de razón.
Yo soy encargada del control de calidad en la fábrica de manos. Manos que se le otorgan a las personas cuando nacen y que cargaran el resto de su vida. Manos que primero deben pasar por mí. Estas manos de aquí son las de un cocinero; tendrán algunos cayos perfectos para el calor y las puntadas. Estas manos curtidas y virtuosas son las de un guitarrista. Este par de un carpintero, rígidas y flexibles. Este par para un oficinista, delicadas y ágiles.
Este otro par de manos es inusual; tiene la agilidad de un costurero, la rigidez de un escalador, la fuerza de un boxeador, la destreza de un carnicero. Estas son las manos de un asesino.
¿Podrían manos así usarse con malicia?
Es la ley de la naturaleza, el camino de menor resistencia, la salida fácil. Este par de manos causará una gran cantidad de sufrimiento, directo e indirecto. Debo rechazarlas inmediatamente. Manos saludables, sin deformaciones, sin ningún problema óseo ni dérmico, poco propensas a artritis. Objetivamente estas manos están listas, pero no puedo permitir que salgan al mundo.
Nunca había sido de mi incumbencia quién recibe las manos. Podría perder mi trabajo, incluso mis propias manos.
Trabajar en control de calidad hace que te subestimen. Es en momentos como este cuando recuerdo que ser el que decide significa asegurar el mejor resultado posible. Y eso quiere decir que estas manos quedan archivadas. En la nota explicativa solo puse: Me rehuso a pensar que manos como estas son manos de buena calidad.
Emilio Martínez Pedraza
En buenas manos
Cuento Corto



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